El devenir del ser andaluz

Puerta de la Mezquita de Córdoba I Imagen del autor

Un artículo de Diego Barco (Sevilla,1974). Diego Barco es un profesional del sector audiovisual que ha participado en numerosos proyectos, principalmente en cine y teatro. Titulado en Imagen y Sonido, estudió comunicación audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid, así como Derecho y Filosofía en la UNED. Es especialista en memorias colectivas, por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales. Cómo activista forma parte de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía y del movimiento memorialista como integrante de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica. Con fuertes influencias del pensamiento anarquista, reivindica la existencia de una identidad andaluza asentada en un humanismo que transita, desde el sufismo andalusí de Ibn Al-Arabi, hasta la figura de Diamantino García Acosta.

En 1981, Rafael Amador compuso el Rock del Cayetano. «Sevilla tiene dos partes bien diferentes, una de la de los turistas y otra donde vive la gente…». Así decía Rafael en el primer verso de esa canción. Parece que, hace más de 40 años, él ya supo qué pasaría en una Sevilla que apenas empezaba a abrirse al mundo.

Sevilla tiene dos hemisferios, el norte y el sur, esos son los espacios grandes donde vive la gente de Sevilla. El norte de San Jerónimo, de Pino Montano, de San Pablo. El sur de La Oliva, del Cerro del Aguila, de Su Eminencia, de las Tres Mil Viviendas o Bellavista. Aunque también hay este, oeste y hasta un poquito de centro, Sevilla es casi exclusivamente norte y sur. Dos hemisferios que no están separados por un ecuador, sino unidos por la línea 3 de autobús. Aquí, la vida va a la Sevilla de los turistas en el 3.

Decía Blas Infante que en Andalucía «la vida está lo primero», como Rafael en su canción. El otro día me preguntaron dónde estaba el humanismo en la obra de Blas Infante, yo me acordé de esa frase que aparece, tal cual, en Ideal Andaluz. Pensé está ahí…¡Chao Pescao!. Pero después le di otra vueltecita y me di cuenta de que el humanismo que hay en Blas Infante no solo está en Blas Infante.

Otros que no escribieron canciones, como Rafael, dicen que nada es plenamente de nadie y que todo es un poco de todos. Por eso creo que el humanismo que hay en Blas Infante viene de un sitio y va a otro. Eso que es muy flamenco, como Rafael, también puede ser fenomenológico como Gadamer o anarquista como Kropotkin.

Pero volviendo a la pregunta: ¿dónde está el humanismo en Blas Infante? Yo creo que está en todas partes. Está en todas partes y se va manifestando también de maneras muy distintas a lo largo de su obra principal, Ideal Andaluz.

Decir que en Andalucía la vida está primero no quiere decir que en el resto del mundo no sea así. ¿No está la vida primero en Noruega o en Nepal? ¿No lo está en Siberia o en el Sahara? Sería una soberana gilipollez pensarlo. En este mundo que, como Sevilla, se divide en norte y sur, la vida siempre está primero.

Muchas naciones buscan en los mitos el momento concreto de su esencia. Un nacimiento en soledad, sacralizado por profetas y escribas, al dictado de la hegemonía del poderoso. Un manto en el suelo, el sol del verano en el cielo, la piel quemada del marino blanqueada del salitre de un Mediterráneo que se quedó en el paso abierto por Hércules. Sobre el manto aceitunas, ánforas de vino, especias y oro. Dos mundos que se encuentran, que se miran curiosos y desconfiados, pero que necesitan y quieren escucharse. Hospitalidad de quien recibe, generosidad amable del que llega.

Contra la mitología en el nacimiento de las naciones, en Andalucía la vida está primero. Vida que es alumbrada y no creada. Vida que es tiempo y lugar de un ser sin esencia.

La vida como línea de tiempo desquiciado. Ir y venir continuo en la apertura constante de una elipsis, donde el futuro se supera en el pasado del que viene, a través del puente de un presente, que nace y muere en cada segundo.

En ese tiempo habita el ser andaluz. Un ser que se construye en el continuo hacer. Un ser andaluz para que el que la permanencia es el eco que sostiene el latido de un corazón, para llevarlo hasta el latido que viene.

El ser andaluz no es un ser cerrado, completo. Es un ser en el devenir, es transitar desde el sueño a lo material, mediante el alumbramiento.

El ser en el sueño

Soñar la realidad para que pueda ser alumbrada. El ser andaluz es en el sueño desde la vida. Está fuera de la razón que pretende dominar la vida, limitarla, formularla, aprehenderla, convertirla en objeto.

El sueño permite al ser andaluz comenzar el tránsito. Ese espacio, que es el sueño, supone para el ser andaluz la antesala del alumbramiento. Alumbramiento que se completa con la toma de consciencia que se va desarrollando en el sueño.

El ser andaluz es fruto de la imaginación creadora que hace posible, en su encuentro con la vida, una realidad que todavía no está plenamente manifestada.

El ser andaluz habita en el barzaj, es frontera. Una frontera que no es separación entre realidad y ficción, sino que es unión entre la realidad dada y la realidad que aún puede ser.

Para el ser andaluz el sueño no es ficción, sino un espacio de posibilidad para la realidad. El sueño es lo que hay antes de la realidad sensible. El ser andaluz comienza su camino hacia el alumbramiento, haciendo visible todo aquello que es invisible para el mundo de la realidad dada. El sueño no es un camino de huida de la vida, sino una puerta de entrada en ella.

Y entra en la vida, sabiéndose parte de ella. Desde ahí va al sueño y desde el sueño imagina la transformación. Siempre la vida está primero, el ser andaluz la mira, la escucha y se adentra.

El ser alumbrado

Lo andaluz se manifiesta por el alumbramiento. No es una identidad que surge, sino que emerge. No es una llegada súbita, violenta. Es un ir llegando. Un ir llegando desde la experiencia, a la toma de consciencia. Acompañadas por las experiencias de otras, acompañadas por estar en «la experiencia en el otro».

Para el ser andaluz el alumbramiento es un llegar a la luz, es eliminar la oscuridad del velo en la mirada egoísta del yo, es abrir las ventanas al mundo del que somos en el tiempo en el que somos. El alumbramiento no viene dado por la aceptación de una doctrina hegemónica. Al alumbramiento se llega como el niño llega a la primera falseta aprendida, escuchando al maestro tocar su guitarra a la sombra de una higuera en la tarde de un patio encalado, en el Sacromonte. El alumbramiento, para el ser andaluz, es el viaje tranquilo en una epifanía diletante.

Al alcanzar la consciencia de que somos en el mundo, de que la vida está primero, tenemos la posibilidad de entender que no es cierto que el ser humano sea la medida de todas las cosas. El ser humano, simplemente, es una parte muy pequeña de la unidad que es el mundo. Desde este punto, lo andaluz se manifiesta en la relación plena con esa unidad. El ser andaluz no está en el centro, se va haciendo en la relación.

El ser en la acción

Hombres de luz, decía Infante. La luz que es el conocer, conocer que no es traer a ti la dimensión de algo que está fuera. Conocer que es abrir el corazón y la piel a lo inabarcable que hay en el universo del que somos. Formamos parte de un tiempo que no elegimos, vivimos en un mundo que nos viene dado, solo nuestra forma de permanecer en el espacio, que es el tiempo, está dentro de nuestra posibilidad real. Por eso lo andaluz no viene del hecho biológico del nacimiento, ni de la abstracción política de la nación. Lo andaluz se manifiesta en la forma de relacionarse con el mundo en el que vivimos y solo es posible después del alumbramiento de la consciencia. Consciencia de que la vida está primero.

De todas las relaciones en las que se puede manifestar lo andaluz, la más importante es la relación con el otro. En lo andaluz, la alteridad viene determinada por la consciencia de que la vida está primero. El otro y su vida, el otro y su mundo.

Lo andaluz no es comprender, sino abrazar. Es asumir un compromiso previo con el que llega. El otro nos compromete. Desde la aceptación de que la vida está primero, el ser andaluz acoge sin condiciones. Sé que hay vida detrás de quien toca a mi puerta, no necesito comprenderla, no necesito que esa vida se adecue a la mía. La vida está primero y todas las vidas merecen ser recibidas sin condiciones.

Esta forma de relacionarse desde una hospitalidad radicalmente incondicionada supone el grado mayor de desarrollo del ser andaluz. «En mi corazón caben todas las formas del amor», Andalucía como lugar dónde se manifieste la paz en la recepción plena de quien viene con amor, amor a la vida que está primero. El ser andaluz como resultado de una relación que permite transformarnos continuamente en el encuentro con otras vidas. Un humanismo construido desde el otro, en el que el yo se desplaza gracias al alumbramiento de la consciencia.

Y desde la consciencia recorrer la distancia que hay entre los conceptos de espacio y lugar, esto tiene que ver con la forma en la que nos relacionamos con el mundo del que somos. Los espacios son lugares inertes en los que el habitar es difícil. Los lugares son espacios para la vida, donde podemos desarrollar nuestro proyecto vital en plenitud desde nuestra propia voluntad. No se puede ser sin un lugar donde habitar y la vida, su tiempo, es el lugar donde el ser andaluz habita. Transformar la vida de un espacio por el que vagar en un lugar donde habitar requiere, más que nada, de cuidado.

La vida y sus escenarios, la tierra. El ser andaluz se reconoce en relación con la tierra. Tierra de la que es, pero que no le pertenece. Y no le pertenece, no por el hecho violento de la conquista, la consciencia pone luz en el ser andaluz a su condición de expropiado, en el devenir, en el ir siendo del ser andaluz, la condición de menkub marca uno de sus rasgos principales. El ser andaluz reclama la tierra, no como algo de su posesión, sino como lugar en el que ser. La permanencia de la expropiación, el saqueo violento de su condición de espacio sagrado manifiesta la condición de la tierra de los andaluces como tierra colonizada.

El ser andaluz también es a través de su condición de ser colonizado, solo así se entiende que cuando decimos, desde la identidad andaluza, «yo soy el otro» no estamos exponiendo simplemente una frase, con grandes aspiraciones humanistas. Cuando en Andalucía decimos «yo soy el otro» nos reconocemos en la posición a la que nos arrojaron aquellos que llegaron, desde el odio, a medir las tierras de las que somos para apropiárselas en contra de la ley natural. El odio está en el hecho de la privatización del suelo. La propiedad de la tierra es un acto de violencia contra la historia de la que somos antes que de nosotros mismos. Y tiene su representación más contemporánea y abominable en la especulación que echa a las familias de sus casas.

Contra eso el ser andaluz se revela y pide tierra, y la ocupa y lo hace porque no es solo para sí, sino para compartirla con todas las personas que lleguen. Ocupa la tierra y la cuida y vive de ella con ella; y lo hace soñando un futuro desde la vida que había antes, cuando la tierra no era de nadie y era el lugar para habitar de todos.

Y desde ese luchar por sí, el ser andaluz, desde el sueño que es frontera que une la realidad que nos es impuesta y la realidad que aún puede ser, se proyecta a un mundo al que se abre sin intentar limitarlo, sin querer comprenderlo, abrazándolo en el tránsito del continuo cambio que hay en el camino que lleva al ser andaluz hasta el encuentro con su propia humanidad. Completando el camino sagrado que va desde la Andalucía por sí hasta la Andalucía para la Humanidad.