Bolsonaro y Lula se enfrentarán en una segunda vuelta

Luiz Inácio Lula da Silva y Flavio Bolsonaro I Wikipedia  Rodrigo Viana/Senado Federal

El senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, hijo del expresidente brasileño Jair Bolsonaro, actualmente condenado a 27 años de prisión por intento de golpe de estado, ha ganado la primera vuelta de las elecciones presidenciales con un 47% frente al 45% logrado por su oponente, el actual presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años. Los respectivos candidatos del ultraconservador Partido Liberal (PL) y del socialdemócrata Partido de los Trabajadores (PT) se volverán a enfrentar en la segunda vuelta el próximo 25 de octubre.

La izquierda afrontará dificultades, dado que el resto de los candidatos presidenciales de orientación conservadora obtuvo, en conjunto, el 7 % de los votos, que presumiblemente se sumarán al candidato de la derecha. La única posibilidad de Lula consiste en movilizar a los 33 millones de abstencionistas de esta primera vuelta. No obstante, esta opción también parece complicada, ya que el nivel de participación en estas elecciones ha sido prácticamente el mismo que en las anteriores elecciones presidenciales de 2022.

La victoria del Partido Liberal también se ha reflejado en el resto de las elecciones celebradas durante esta jornada histórica. La extrema derecha se ha convertido en la primera fuerza de la Cámara de Diputados, con 121 escaños de un total de 513, y ha obtenido 24 de los 54 escaños del Senado. De los 27 estados que conforman Brasil, la ultraderecha ha ganado en primera vuelta en cinco y aspira a gobernar en siete. Sus aliados de derecha se impusieron en cuatro y aspiran a gobernar en seis. Por su parte, los partidos de centro conquistaron seis estados y aspiran a gobernar en otros tres. Finalmente, la izquierda y el centroizquierda vencieron en cuatro estados y aspiran a gobernar únicamente en cinco de los 27 estados.

Así las cosas, todo apunta a que Brasil será la próxima víctima de la oleada reaccionaria que asola Latinoamérica. A la Argentina de Milei y El Salvador de Bukele, se le suma Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú y Colombia que han girado hacia gobiernos conservadores durante este mandato de Donald Trump. Daniel Noboa fue reelegido en Ecuador; Rodrigo Paz llegó al poder en Bolivia; Nasry Asfura recuperó la Presidencia para el Partido Nacional de Honduras; José Antonio Kast ganó en Chile; Laura Fernández se impuso en Costa Rica; y recientemente, Keiko Fujimori ganó en Perú y Abelardo de la Espriella venció en Colombia.

Sólo Brasil y México resisten, por el momento, en un contexto en el que el poder de Estados Unidos se hace cada vez más patente, como se está viendo en Venezuela, donde el Gobierno de Delcy Rodríguez, pese al secuestro ilegal de Nicolás Maduro, acaba de firmar con Donald Trump un acuerdo para entregar a Estados Unidos un tercio del petróleo venezolano.

Narcotráfico y pandillas

Algunos países latinoamericanos han sido y continúan siendo gravemente afectados por el narcotráfico. Las mafias constituyen un foco de corrupción e inseguridad que, en ciertos casos, ha llevado a estos países a convertirse en verdaderos Estados fallidos. Este contexto ofrece a la derecha un escenario propicio para desplegar, bajo el pretexto de la lucha contra la delincuencia, todo su aparato represivo. La derecha latinoamericana ha logrado convertir la seguridad en una cuestión transversal: no solo en una política de carácter policial, sino también en una explicación general del malestar ciudadano. Del mismo modo que Trump criminaliza la inmigración y la responsabiliza de todo tipo de males, los partidos conservadores de América Latina han presentado la inseguridad ciudadana como el principal factor que explica todos los problemas.

No es casualidad que el líder de la derecha haya convertido en uno de sus mensajes centrales la promesa de recuperar el control de las calles, combatir a las organizaciones criminales y endurecer las penas. Se trata de un mensaje transversal, dirigido a todos los estratos sociales, que ha conectado con la desesperación de sectores empobrecidos que, además, conviven con la delincuencia organizada.

La clave religiosa

¿Han influido las afinidades religiosas en la victoria de la derecha? Todo parece indicar que sí. Según un sondeo preelectoral, Lula contaba con el apoyo del 45 % de los católicos, frente al 33 % que respaldaba a Bolsonaro; entre los evangélicos, Flávio Bolsonaro alcanzaba el 47 %, mientras que Lula solo obtenía el 27 %.

El catolicismo en Brasil fue la cuna de la teología de la liberación, y la Iglesia mantuvo una doctrina social orientada hacia los sectores más desfavorecidos. El movimiento evangélico, en cambio, se inspira en las grandes iglesias evangélicas de Estados Unidos, de orientación marcadamente conservadora, contrarias a los derechos reproductivos de las mujeres y políticamente solidarias con Israel. Bolsonaro es evangélico, mientras que Lula se declara católico.