Dioniso de movida por la Alameda con Radio Futura

I Un Artículo de Juan Antonio Quirós

Hay ciudades que cambian de gobierno y ciudades que cambian de canción. Sevilla, a principios de los ochenta, cambió de canción. Yo estaba allí. No exactamente en todas las fotografías, claro: las fotografías siempre escogen a los que estaban más guapos, más borrachos o más cerca del escenario. Pero estaba allí, aprendiendo a vivir como quien aprende una canción de oído: equivocándome en la letra y afinando con los años.

Veníamos de un país con olor a persiana bajada, a iglesia cerrada y cerril y a conversación dicha muy bajito. Y de pronto llegaron las guitarras, las chaquetas de colores imposibles, los bares abiertos hasta que amaneciera y las muchachas que llevaban la libertad en los labios, sin pedirle perdón a nadie. A aquello lo llamaron la Movida. Tal vez fuera, sencillamente, un país bajándose del pedestal, aunque al caer se hiciera daño y tardara mucho en admitirlo.

Si hubiera que buscarle un dios griego, no sería Apolo, demasiado limpio para aquella época. Tampoco Ares: allí había más resaca que guerras. Sería Dioniso, el dios de la noche, del exceso, de la transformación, de las máscaras que uno se pone para averiguar quién es cuando se las quita. Dioniso habría entendido perfectamente aquella Sevilla. Habría aparecido por la Alameda de Hércules o por Placentines o por Groucho y el Arenal, habría pedido una copa antes de preguntar el precio y, a los veinte minutos, estaría ligando con alguna desconocida, fundando un grupo de rock con un poeta sin poemas, una bajista que no sabía tocar y un batería que, como todos los baterías de entonces, aseguraba haber escuchado discos imposibles de conseguir.

Y nosotros, mientras tanto, creíamos. Eso es lo que tiene la juventud: uno confunde fácilmente la esperanza con la certeza. Yo también creía en aquel cambio. Se había votado mayoritariamente a Felipe González y, durante un tiempo, pareció que la historia por fin se había puesto de nuestra parte. El PSOE llegaba con la promesa de cambiar las cosas, y nosotros queríamos creer que cambiar las cosas significaba también cambiar el país que nos habían dejado (después de tantos años de plomo, cualquier palabra pronunciada sin bigote y sin uniforme nos parecía casi revolucionaria). Pero las promesas tienen la mala costumbre de crecer cuando se pronuncian y encogerse cuando se llega al poder. Primero fue aquello de «OTAN, de entrada, no». Después llegó el referéndum de 1986 y su OTAN sí, y algunos nos quedamos mirando la papeleta como quien descubre que le han cambiado la letra del estribillo cuando ya se lo sabía de memoria; aquel «sí» tuvo para algunos de nosotros el sabor de una puerta que se cerraba. No era sólo asunto de militares, mapas o banderas. Era la vieja impresión de que los de arriba aprenden rápido a hablar como los de abajo, sin que por eso lleguen nunca a pensar igual que los de abajo.

Y mientras tanto, por la noche, seguía sonando la música. Ahí estaba Radio Futura. Porque Radio Futura entró en aquella fiesta como quien entra en un garito lleno de humo y, después de mirar alrededor, pregunta dónde está la biblioteca. Al principio estaban allí, naturalmente. Su álbum «»Música moderna» sonaba a futuro recién desembalado. Eran jóvenes, eléctricos, modernos. Pero poco a poco fueron entendiendo que la modernidad no consistía en ponerse unas gafas raras y decir cuatro veces «Londres». Había que buscar: en el rock, en el punk, en el funk, en el Caribe, en África, en la tradición española. Había que encontrar una música que no tuviera complejo de inferioridad frente a la anglosajona. Y, sobre todo, una manera de decir cosas en castellano sin que el castellano tuviera que pedir perdón por estar en una canción de rock (de ahí nacieron joyas del rock como «La ley del desierto», el genial «De un país en llamas» o «La canción de Juan Perro», la guinda del pastel).

Ahí estaba su diferencia. La Movida quería romper el cristal; Radio Futura quería saber qué había al otro lado y yo empezaba a tener la misma sensación con la política. Habíamos roto un cristal y, de repente, descubríamos que detrás había más cristales. La calle decía libertad. Los carteles decían modernidad. Las canciones decían futuro. Y en algún despacho alguien hacía cuentas con la realidad, que siempre termina cobrando sus facturas. Pero por la noche nadie quería hablar demasiado del tema y para eso estaban las guitarras y los locales donde escucharlas.

«Escuela de calor»era una ciudad sudando bajo el neón, «Han caído los dos», una historia real de amor urbano, y «La estatua del jardín botánico» parecía escrita para un país que acababa de despertarse y todavía no sabía si aquello que tenía delante era el futuro o simplemente otra forma de equivocarse. La estatua era una metáfora perfecta: durante años, España había permanecido quieta, solemne, casi de piedra. Y, de pronto, alguien le dijo: «Baja del pedestal». Y la estatua bajó.

Yo también me bajé de algunas certezas, aunque las certezas, como los malos amores, tardan mucho en aceptar que uno quiere dejarlas. Las decepciones que más duelen son las que vienen de lo que uno ha criado como si fuera un hijo. Primero llegan las dudas; luego, las discusiones interminables; después, la sospecha de que quienes administran la esperanza tienen una caja registradora detrás de la sonrisa y la incomodidad de comprender que el poder puede servirse de tus ideas para hacer exactamente lo contrario, que el poder puede repetir tus palabras, llevar incluso tu insignia en la solapa, y tejer con ellas una coartada bastante decente para su traición.

Mientras tanto, nosotros seguíamos haciendo lo que hace cualquier generación cuando todavía no sabe que algún día será nostalgia: salir, beber, enamorarnos, desafinar, discutir de política a las cuatro de la mañana y volver a casa cuando ya no quedaba nadie en la calle. Dioniso sonreía desde una esquina, porque aquello también era un rito. Una sociedad que había vivido demasiado tiempo bajo una moral de piedra y sotana estaba probándose todas las máscaras posibles: unas eran de libertad, otras, de provocación, otras, de simples ganas de pasarlo bien y algunas (lo descubrimos después) eran también máscaras políticas.

Con los años, la Movida dejó de ser una pandilla de noches interminables y se convirtió en una postal. El neón sustituyó a la resaca. Las fotografías sustituyeron a los bares. La leyenda hizo su trabajo: donde hubo cientos de historias contradictorias, fabricó una sola historia que pudiera venderse en una camiseta.

Pero yo recuerdo otra cosa. Recuerdo la euforia y la decepción ocupando la misma noche. Recuerdo que podía bailar convencido de que España estaba cambiando y, al mismo tiempo, volver a casa preguntándome hacia dónde. Recuerdo votar con ilusión y descubrir después que la política también sabe utilizar las palabras de la calle para engañar a la calle. Y recuerdo a Radio Futura y quizá por eso me interesa más ahora que entonces. Porque mientras la Movida quería vivir el presente como si no hubiera mañana, Radio Futura parecía sospechar que el mañana acabaría llegando. Y llegó. La música sobrevivió porque no se quedó en la fotografía y Radio Futura/Santiago Auserón siguió buscando, se alejó de la etiqueta, mezcló sonidos, miró hacia América Latina, hacia las raíces, hacia una identidad que no necesitaba elegir entre modernidad y memoria.

Quizá ahí estaba la verdadera lección. Modernizarse no era olvidar de dónde veníamos. Y ser moderno tampoco consistía en creer todo lo que el poder llamaba moderno. La Movida preguntaba qué podía ser España. Radio Futura preguntaba qué podía ser el rock español. Y yo, que entonces tenía más noches que respuestas, empezaba a preguntarme qué había sido de aquella promesa de cambio.

Dioniso habría brindado por las tres preguntas. Después habría pedido otra copa. Y probablemente habría cambiado de bar antes de que empezáramos a discutir sobre la OTAN. Sevilla, por supuesto, ya estaba acostumbrada y, a esas alturas, ya sabía que las ciudades, como los dioses, no mueren: cambian de canción, pero sin perder del todo esa antigua y sana costumbre de amanecer con resaca.