Deep Purple y Zeus: el rayo del rock and roll

I Un Artículo de Juan Antonio Quirós


Acababa de terminar el bachillerato. El pueblo olía a cal y albero quemado, a aceite de oliva y a esa melancolía pegajosa que solo se siente en los pueblos cuando sabes que te vas. En la plazuela Salitre, los mismos viejos de siempre jugando al dominó en El Granaíno, las mismas tertulias de bar que parecían eternas, y yo, camino de la estación, calle Mancilla abajo, con una mochila llena de sueños de latín y griego, pensando que Sevilla me esperaba como una promesa.

Pero antes de marcharme, hubo una tarde en la que un rayo cayó. No fue Zeus, no exactamente. Fue Deep Purple, sonando a todo volumen en el tocadiscos de mi amigo Paco Ledesma. Escuchábamos «Made in Japan», ese disco que olía a rebelión y a libertad, que sonaba como un trueno en medio de la tarde plomiza del pueblo. Yo, con diecisiete años y la cabeza llena de hexámetros y endecasílabos, entendí de golpe que había dos mitologías posibles: la de los griegos y la de los amplificadores.

Zeus no necesita amplificador. Su voz es el trueno, su instrumento el rayo. Deep Purple, en cambio, construyó su propia mitología eléctrica: Ritchie Blackmore, con su Fender Stratocaster, era el dios menor que invocaba al fuego desde el escenario; Ian Gillan, con su voz de hierro y vino, el profeta que anunciaba el reino del rock. Juntos, con Jon Lord, Ian Paice y Roger Glover, como Zeus y sus cíclopes, forjaron el rayo perfecto: «Smoke on the Water», esa crónica del incendio en Montreux que se convirtió en himno universal.

En la Osuna de los 70, ese rayo cayó como una liberación. Mientras los curas desde sus púlpitos todavía predicaban el infierno y los guardias civiles aún paseaban sus bigotitos de cine de la Sección Femenina, los chavales del instituto descubríamos en Made in Japan una forma de rebelión que no necesitaba manifiestos ni pancartas. Bastaba con subir el volumen y dejar que el órgano de Jon Lord —tan clásico como la fachada de la vieja universidad, entonces nuestro instituto, y tan eléctrico como una central nuclear— te arrastrara hacia el éxtasis; porque el rock no es sólo música: es actitud, es postura, es esa forma de caminar por la calle con las manos en los bolsillos y la mirada perdida, como quien espera que el próximo acorde sea el que cambie tu vida.

En los mitos griegos, Zeus baja del Olimpo para mezclarse con los mortales, a veces como toro, a veces como lluvia de oro. En los barrios y pueblos de Sevilla, Deep Purple hizo lo mismo: se encarnó en los tocadiscos de los pisos de protección oficial, en las fiestas que se hacían en cocheras y azoteas, en las cintas de cassette que se pasaban de mano en mano como reliquias.

Zeus era caprichoso, vengativo, generoso. Deep Purple también: podían darte el paraíso en «Child in Time» y el infierno en «Fireball». Pero ambos compartían esa capacidad de ser grandiosos y humanos a la vez. Zeus se enamoraba de mortales, tenía hijos ilegítimos, se emborrachaba en los banquetes. Deep Purple grababa discos en hoteles que se incendiaban, cambiaba de formación como quien cambia de camisa, y seguía adelante, como si nada pudiera detenerlos.

En Osuna, mi pueblo, el rayo de Zeus llegó en forma de vinilo, de esos vinilos que olían a libertad. Las beatas y los pijos decían que era música del demonio. Los padres, que te iba a dejar sordo. Pero tú sabías que era algo más: era la voz de una generación que no quería ser silenciada.

Yo, con la maleta hecha, los libros bajo el brazo y la cabeza llena de dudas, entendí que me llevaba dos mundos: el de los dioses antiguos, con sus mitos y sus tragedias, y el de los dioses modernos, con sus guitarras y sus amplificadores. Zeus y Deep Purple. Homero y Gillan. El Olimpo y Osaka.

Zeus lanzaba rayos desde el cielo. Deep Purple los lanzaba desde los escenarios. Y en ese intercambio de fuego, los chavales de entonces aprendimos que la música podía ser un arma, un refugio, una forma de decir “aquí estamos” sin necesidad de abrir la boca.Hoy, Zeus sigue en el Olimpo, aburrido quizás, viendo cómo los mortales ya no le temen. Pero Deep Purple, ese dios hecho de carne y guitarra, sigue sonando. Porque el rock no muere: se transforma, se adapta, se reinventa. Y mientras haya alguien que suba el volumen y deje que «Highway Star» le recorra las venas, el rayo de Zeus seguirá cayendo, una y otra vez, en el corazón de los que creen que la música puede salvarnos.

Yo, que me marché de Osuna para estudiar filología clásica en Sevilla, que cambié una campiña de olivos por avenidas de naranjos, que aprendí a conjugar verbos en griego antiguo mientras escuchaba «Woman From Tokyo», sé que el rayo no ha dejado de caer y que, en algún lugar entre el humo y el agua, entre el rayo y la guitarra, los Deep Purple siguen siendo los dioses que nos enseñaron a escuchar el trueno.

Y hoy, tantos años después, desde mi ventana de Sevilla, con los libros de Homero abiertos y el vinilo de Machine Head girando en el tocadiscos, sigo esperando el próximo rayo. Porque sé que, cuando caiga, será tan hermoso y terrible como el primero.