Antígona, premio princesa de Asturias con chaqueta de cuero

Patti Smith en el Festival Doune the Rabbit Hole, 14 de julio de 2022 I Conall, CC BY 2.0

I Un Artículo de Juan Antonio Quirós

Antígona y Patti Smith comparten una misma estirpe: la de quienes no dudan en decir no cuando el poder pretende imponer silencio. Entre Tebas y Nueva York hay siglos, pero el temblor es el mismo: una mujer se planta frente a la ley, frente al orden y frente a la costumbre, y convierte su desobediencia en una forma de verdad.

Antígona nace ya dentro de una casa en ruinas. Es hija de Edipo y de Yocasta, es decir, viene al mundo con el apellido manchado por un crimen que nadie eligió y que, sin embargo, lo gobierna todo. Ha acompañado a su padre ciego en el destierro, lejos de Tebas, cuando Edipo vaga convertido en sombra de sí mismo, agarrado al brazo de la hija que no lo abandona. Antes de enfrentarse a Creonte, Antígona ya conoce el barro del camino, la vergüenza pública y esa tarea ingrata de cuidar a los caídos cuando los demás han cerrado la puerta.

No hace política de café ni revolución de salón. Hace algo más raro y más peligroso: se empeña en enterrar a su hermano Polinices, caído ante las murallas de Tebas luchando contra su otro hermano, Eteocles. Los dos hijos varones de Edipo se han matado entre sí por el trono, como suele ocurrir en las familias donde el poder entra en casa sin quitarse los zapatos. Creonte decide honrar a Eteocles y dejar a Polinices al sol, a los perros y a las aves carroñeras: sin tumba, sin llanto público, sin lugar entre los muertos. Y Antígona responde echando un puñado de tierra sobre el cadáver. Nada más. Nada menos.

Es una muchacha con un linaje trágico, sí, pero también con una terquedad casi callejera: la de quien sabe que hay cosas que no se negocian, como la memoria, el duelo o el nombre de un muerto. Ismene, su hermana, intenta frenarla; no por cobardía simple, sino porque conoce el precio que pagan las mujeres de su sangre. Pero Antígona ha visto demasiado: a su padre arrancarse los ojos, a su madre morir ahorcada, a sus hermanos destruirse por una corona. A esas alturas, un decreto de Creonte le parece poca cosa frente al desastre que ya lleva puesto en la sangre.

Patti Smith, en otro continente y en otro siglo, vino a romper el escaparate del rock con una mezcla de poesía, punzada y verdad desaliñada. Nació en Chicago en 1946, creció en Nueva Jersey y llegó joven a Nueva York con poco equipaje, hambre de libros y una intuición feroz de que la vida podía escribirse de otra manera. Trabajó en una fábrica, atendió librerías, pasó estrecheces y aprendió pronto que la bohemia no es una fotografía en blanco y negro: es también no tener dinero, dormir donde se puede y seguir creyendo en una canción cuando la ciudad te devuelve la espalda.

En Nueva York encontró a Robert Mapplethorpe, fotógrafo, amante, compañero de pobreza y hermano elegido. Vivieron juntos en habitaciones precarias, compartieron ambición, ropa, dibujos, lecturas, miedo y futuro. Ella soñaba con ser poeta; él, con hacer imágenes que dejaran cicatriz. En torno a ellos estaba el Chelsea Hotel, aquel naufragio vertical donde se cruzaban músicos, escritores, drogadictos, buscavidas y fantasmas con contrato de alquiler. Patti estaba allí, no como turista de la leyenda, sino como alguien que se hizo a sí misma en su costado más áspero.

Luego llegó el CBGB, aquel local del Bowery que olía a cerveza vieja, electricidad y derrota, y donde el rock aprendió a dejar de peinarse. Patti Smith subió a los escenarios con libros de Rimbaud, Blake y Genet en la cabeza, con la violencia lírica de Dylan y la electricidad de Hendrix en los nervios. No cantó para decorar la noche: la cruzó con sus botas, sus libros y una voz que parecía salir de un solar después de la lluvia. Con Horses, en 1975, abrió una puerta por la que entraron la poesía, el punk, el deseo y una forma nueva de ser mujer sobre un escenario sin tener que pedir permiso.

Si Antígona desafía al rey, Patti desafía al mercado, al machismo, a la pose y a esa respetabilidad que siempre quiere ponerle corbata al desorden. Su aspecto andrógino, su camisa blanca, su pelo sin domesticar y su manera de ocupar el escenario no eran un disfraz: eran una negativa a convertirse en el objeto decorativo que la industria esperaba. No venía a ser musa de nadie, aunque supiera venerar a sus propios dioses. Venía a escribir, a cantar y a abrirse paso con una banda que sonaba como si la poesía hubiese cogido una guitarra eléctrica en un callejón.

Hay algo muy serio en las dos: el respeto por los muertos. Antígona defiende el derecho de Polinices a la sepultura, porque sin rito no hay humanidad, sólo basura y olvido. En el mundo griego, dejar un cuerpo sin enterramiento no era una simple condena administrativa: era expulsarlo del orden humano y negarle el viaje al otro lado. Por eso la rebeldía de Antígona no es capricho adolescente ni desafío personal a Creonte; es una defensa radical de una ley más antigua que el palacio.

Patti Smith, por su parte, ha levantado una obra entera sobre la fidelidad a sus ausentes: Mapplethorpe, muerto de sida en 1989; Fred “Sonic” Smith, su marido, compañero y padre de sus hijos, muerto en 1994; su hermano Todd, muerto poco después; los amigos, los héroes, los poetas y los músicos que la acompañaron desde el otro lado de la fotografía. Rimbaud, Hendrix, Ginsberg, Dylan Thomas, Jim Morrison: todos aparecen en su santoral personal, no como cromos culturales, sino como presencias vivas. En sus memorias, especialmente en Éramos unos niños, la elegía no se queda llorando en la puerta: entra, se sienta a la mesa y cuenta la historia.

También conoce Patti el silencio voluntario. Después de los años de ruido, discos y escenarios, se retiró durante un tiempo a Detroit para vivir con Fred Smith y criar a sus hijos, lejos de la maquinaria del rock. Aquella mujer que había incendiado el CBGB aprendió a habitar una vida doméstica sin que la llama se apagara del todo. Cuando volvió, regresó con más muertos a cuestas y quizá con menos necesidad de demostrar nada. Su voz seguía siendo una grieta, pero una grieta que había aprendido a mirar de frente.

Las dos saben que recordar no es un lujo sentimental, sino una forma de resistencia. El poder quiere administrar quién merece honor y quién merece silencio; ellas responden con un gesto mínimo y enorme. Antígona arroja tierra sobre un cadáver. Patti escribe, canta, invoca nombres y hace de la elegía una trinchera. Una se encierra en una tumba de piedra por no aceptar la deshonra del hermano; la otra convierte las habitaciones perdidas, las camas deshechas y los retratos de sus amigos en lugares donde nadie termina de desaparecer.

Antígona habla con la contundencia de quien ya ha elegido su derrota. Sabe que Creonte puede condenarla y, aun así, no retrocede. Su destino es el encierro vivo, la soledad y la muerte, pero ni siquiera Hemón, el hijo de Creonte que la ama, consigue apartarla del camino que ha elegido. Patti Smith, en cambio, siempre pareció caminar con una derrota a medio domesticar, convertida en música, en biografía, en santoral de barrio. Perdió amigos, amores, escenarios, épocas enteras; pero hizo de cada pérdida un canto.

Ambas comparten ese pulso que no se deja sobar por el mundo: la negativa a ser dóciles, la decisión de no arrodillarse ante la versión oficial de las cosas. Antígona se niega a que un rey decida cuál de sus hermanos merece ser llorado. Patti se niega a que una industria decida cómo debe cantar una mujer, cuánto debe mostrar, qué clase de deseo puede nombrar o cuánta poesía cabe en una canción de tres minutos.

Y ahí aparece el parentesco más hondo: las dos convierten la palabra en acto. No hacen literatura de adorno ni rebeldía de postal. Lo suyo es otra cosa, más sucia y más bella: una ética del gesto, una dignidad sin barniz, una manera de estar en pie aunque el escenario se venga abajo. Antígona pronuncia su “no” ante Creonte sabiendo que no habrá aplausos. Patti toma un verso, una guitarra y un nombre querido, y lo arroja contra la noche para que la noche no tenga la última palabra.

Si Antígona fuera canción, no sería un himno de grandes multitudes. Tendría más bien esa tristeza clara de los que saben que el precio de la lealtad es alto, pero aun así lo pagan sin discutir el recibo. Y Patti Smith sería la voz que entra después, con la chaqueta abierta y el alma en la garganta, para decir que la belleza también vive en los márgenes, en los nombres borrados, en las esquinas donde la historia no suele mirar.

Las dos son, en definitiva, mujeres que no se dejan domesticar por el poder ni por el tiempo. Antígona se enfrenta al decreto para honrar a un hermano, después de haber caminado junto a un padre expulsado de su ciudad y de haber sobrevivido al derrumbe de su familia. Patti Smith canta para que los muertos no se queden sin compañía, después de atravesar Nueva York con hambre, poesía y amigos que se fueron demasiado pronto. Y entre ambas queda esa lección vieja y siempre nueva: que a veces la dignidad no luce, no sonríe y no se vende, pero sostiene el mundo más que todas las leyes de los poderosos. Por ello, cuando en abril se anunció que le dan el Premio Princesa de Asturias a Patti Smith, acordándome de Antígona, supe que cuando en octubre vaya a recogerlo Antígona estará junto a ella orgullosa cantando que el pueblo tiene el poder….»People Have The Power».

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